La inflación dio una señal de desaceleración en abril, con un avance del 2,6% mensual, pero el dato llega con poco impacto en la vida cotidiana.
Detrás del número, lo que aparece es una dinámica más preocupante: la baja de precios responde más a la caída del consumo que a una mejora real de la economía.
El informe del Instituto de Estadísticas y Tendencias Sociales y Económicas (IETSE) muestra que el freno inflacionario se explicó por factores puntuales, como una menor presión en educación tras el inicio de clases, cierta moderación en tarifas y una suba más contenida en alimentos. Pero ese alivio es relativo: los precios siguen subiendo y el problema central sigue siendo el ingreso.
En lo que va del año, la inflación acumula 12,1%, ya por encima de lo previsto en el Presupuesto. Al mismo tiempo, el costo de vida continúa escalando: una familia tipo necesitó en abril $1,87 millones para no ser pobre y más de $1,02 millones solo para cubrir alimentos.
Ahí aparece el dato más crítico. Según la encuesta del IETSE, el 56,8% de los hogares no logró cubrir la canasta alimentaria. Incluso entre quienes sí pudieron hacerlo, la mayoría —un 71,4%— necesitó algún tipo de asistencia estatal, como transferencias o programas alimentarios.
El deterioro no se queda en los números. Se traduce en cambios concretos en los hábitos: más de la mitad de los hogares redujo la cantidad de comidas, uno de cada cinco se quedó sin alimentos en algún momento del mes y una parte directamente pasó hambre o comió solo una vez al día.
En ese contexto, el crédito dejó de ser una herramienta para consumo duradero y pasó a ser un recurso para lo básico. El 88% de las familias recurrió a financiamiento para comprar alimentos, ya sea con tarjeta, fiado o préstamos. El problema es que ese mecanismo empieza a mostrar límites, con tarjetas saturadas y más dificultades para pagar.
La otra cara de este proceso es la actividad económica. El consumo sigue débil y eso impacta directamente en el comercio: las ventas de alimentos cayeron en volumen, lo que refleja que, aun cuando se gasta más dinero, se compran menos productos.
El cuadro se completa con salarios que no logran recomponerse. La pérdida de poder adquisitivo acumulada sigue condicionando la demanda y profundiza la fragilidad del mercado interno.
En ese marco, la desaceleración de la inflación aparece como una señal ambigua. Sirve para ordenar expectativas, pero no implica, al menos por ahora, una mejora en las condiciones de vida. Más bien convive con un escenario de ingresos deteriorados, consumo retraído y creciente dependencia de la asistencia y el endeudamiento.