Bonos en crisis: por qué la ola de ventas golpea a las acciones, el dólar, el oro y América latina

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Los rendimientos de los bonos de largo plazo alcanzaron máximos de varios años por el temor a una mayor inflación, déficits fiscales elevados y una creciente oferta de deuda. El movimiento ya impacta en Wall Street, el dólar, el oro y el costo de financiamiento de los países latinoamericanos.

Una ola global de ventas de bonos volvió a sacudir a los mercados financieros y llevó los rendimientos de la deuda soberana de largo plazo a niveles que no se veían desde hace varios años.

El movimiento comenzó a adquirir una dimensión global: Estados Unidos, Europa, Japón y América Latina enfrentan un escenario de mayores costos de financiamiento, mientras los inversores exigen una mayor compensación para mantener deuda a largo plazo.

En Estados Unidos, el rendimiento del bono del Tesoro a 30 años llegó al 5,33%, su nivel más alto desde 2007. El Treasury a 10 años, en tanto, alcanzó el 4,75%, máximo de los últimos 19 meses.

La presión también se extendió a Europa y Asia. Francia registró rendimientos en niveles no vistos desde 2008, Alemania alcanzó máximos desde 2011 y los bonos británicos de largo plazo se acercaron al 6%. En Japón, los rendimientos también rondaron máximos históricos.

El movimiento tiene consecuencias que van mucho más allá del mercado de renta fija: modifica las valuaciones de las acciones, afecta al dólar, desafía al oro y encarece el financiamiento de los gobiernos de América Latina.

Por qué los inversores están vendiendo bonos

El principal factor detrás de la liquidación es la combinación de inflación, déficits fiscales elevados y una mayor necesidad de emitir deuda.

Cuando los inversores anticipan una inflación más elevada o incierta, exigen mayores rendimientos para comprar bonos de largo plazo. El motivo es que los pagos futuros pierden poder adquisitivo y aumenta el riesgo asociado a mantener títulos durante períodos prolongados.

A esto se suma una creciente competencia por el capital.

Estados Unidos necesita financiar elevados déficits, mientras las empresas tecnológicas incrementan sus emisiones para financiar inversiones vinculadas con inteligencia artificial. La emisión corporativa estadounidense durante agosto ya superó los US$145.000 millones, un récord para ese mes.

El petróleo agrega otro elemento de incertidumbre. El Brent se ubica cerca de US$91 por barril, después de avanzar alrededor de 15% desde comienzos de agosto y casi 50% en lo que va del año.

El riesgo de una nueva escalada de los precios energéticos mantiene vigente el temor a un shock inflacionario que podría complicar las decisiones de los principales bancos centrales.

En este contexto, la venta de bonos se convirtió en un fenómeno macroeconómico por sí mismo: cuanto más suben los rendimientos, mayor es el costo de financiar los déficits y refinanciar la deuda existente.

Acciones: por qué Wall Street siente el impacto

El aumento de las tasas de interés de largo plazo también presiona sobre las acciones.

La razón está en la valuación financiera: cuando sube la tasa utilizada para descontar los beneficios futuros de una compañía, cae el valor presente de esos flujos.

El efecto suele ser más fuerte sobre las empresas cuyas valuaciones dependen de expectativas de crecimiento a largo plazo, como ocurre con buena parte del sector tecnológico.

El impacto ya se reflejaba en Wall Street. El Nasdaq retrocedía más que el S&P 500, mientras un ETF vinculado con el sector de semiconductores perdía más de 3%.

El fenómeno también introduce una nueva pregunta para el mercado de inteligencia artificial: cuánto crecimiento pueden generar las empresas y, sobre todo, cuánto capital necesitan para conseguirlo.

Con el costo del dinero más elevado, los inversores comienzan a prestar mayor atención a variables como la generación de caja, la eficiencia del capital, el nivel de endeudamiento y la rentabilidad de las inversiones en infraestructura tecnológica.

Qué puede pasar con el dólar

En principio, un aumento de los rendimientos de los bonos estadounidenses debería favorecer al dólar, porque eleva el atractivo relativo de los activos denominados en esa moneda.

Sin embargo, el origen de la suba de las tasas es determinante.

No genera la misma señal para el mercado un aumento de los rendimientos provocado por una economía estadounidense más sólida que uno impulsado por mayores déficits, una mayor oferta de deuda o un incremento de la prima por riesgo fiscal.

Esta diferencia es clave para entender el comportamiento futuro de la moneda estadounidense.

El dólar mantiene ventajas estructurales como moneda de reserva global y activo de refugio. Sin embargo, un mercado de Treasuries que exige cada vez mayores rendimientos para absorber la deuda podría comenzar a cuestionar parte del denominado “privilegio exorbitante” de Estados Unidos.

El interrogante para los inversores es si las mayores tasas terminarán fortaleciendo al dólar por el atractivo de sus activos o si, por el contrario, la preocupación fiscal terminará debilitándolo.

América Latina enfrenta un mayor costo de financiamiento

El aumento de las tasas internacionales tiene un efecto directo sobre los países latinoamericanos.

Los bonos soberanos de la región se valúan tomando como referencia los rendimientos de los bonos del Tesoro estadounidense. Por lo tanto, cuando sube el costo de financiamiento de Estados Unidos, también aumenta el rendimiento que los inversores exigen a los países emergentes.

En el tramo cercano a los 10 años, los bonos ofrecían rendimientos de aproximadamente 5,35% en Chile, 6,74% en Colombia y 9,62% en Argentina, frente a alrededor de 4,7% para Estados Unidos.

En los títulos a 30 años, Chile y Perú rondaban el 6%, mientras que México, Colombia y Brasil superaban el 7%. Brasil presentaba el rendimiento más elevado entre esos mercados, con aproximadamente 7,65%.

Para los gobiernos, esto implica un problema concreto: emitir nueva deuda o refinanciar vencimientos será más caro.

El escenario resulta especialmente relevante porque las cuentas públicas de varios países de la región tienen menos margen que antes de la pandemia.

Según Moody’s Ratings, la deuda aumentó entre 2019 y 2025 en 14 de los 18 soberanos analizados. La mediana pasó del 45% al 55% del PIB, mientras que nueve países terminaron 2025 con una deuda equivalente a por lo menos 60% del producto.

El costo de los intereses también aumentó: el gasto promedio pasó del 2,5% del PIB en 2019 al 2,9% en 2024.

Argentina queda especialmente expuesta

Dentro de América Latina, Argentina presenta uno de los costos de financiamiento más elevados.

El rendimiento de sus bonos a 10 años se ubicaba cerca del 9,62%, considerablemente por encima de los niveles observados en Chile, México, Brasil, Perú y Colombia.

Esto significa que cualquier aumento sostenido de las tasas internacionales puede tener un efecto más importante sobre el costo de financiamiento argentino, especialmente en un escenario en el que el país busca recuperar gradualmente el acceso al mercado internacional de deuda.

La evolución de los Treasuries, por lo tanto, se convierte en una variable relevante para el mercado argentino: una suba de las tasas globales puede elevar el rendimiento exigido a los bonos locales y afectar las valuaciones de los activos financieros.

El oro desafía una de las reglas tradicionales del mercado

El comportamiento del oro es uno de los elementos más llamativos del actual escenario.

Tradicionalmente, los mayores rendimientos reales de los bonos representan una amenaza para el metal porque incrementan el costo de oportunidad de mantener un activo que no genera intereses.

Sin embargo, el oro se mantenía cerca de los US$4.400 por onza, pese al aumento de las tasas reales.

Parte del respaldo proviene de las expectativas sobre la política monetaria de la Reserva Federal y de un dólar menos firme. También influye la demanda de los fondos cotizados respaldados por oro.

Los ETF de oro captaron alrededor de US$3.000 millones durante julio, después de que el mercado registrara fuertes entradas de capital.

La demanda de los bancos centrales también continúa siendo un factor de apoyo. Según estimaciones de Saxo Bank, las compras alcanzaron unas 289 toneladas durante el segundo trimestre.

El metal comienza así a ser considerado no solamente como una cobertura frente a la inflación, sino también como un activo que permite reducir la exposición a los riesgos asociados con la deuda soberana.

Las cinco claves que explican la tensión en los mercados

La actual venta de bonos puede resumirse en cinco grandes factores:

  1. Inflación: el temor a una inflación más persistente obliga a los inversores a exigir mayores rendimientos.
  2. Déficits fiscales: las elevadas necesidades de financiamiento aumentan la oferta de deuda soberana.
  3. Inteligencia artificial: las empresas tecnológicas compiten con los gobiernos por el capital disponible para financiar grandes inversiones.
  4. Tasas globales: el aumento de los rendimientos estadounidenses se transmite a otros mercados y encarece el financiamiento internacional.
  5. Riesgo fiscal: si las tasas suben por una mayor prima de riesgo y no por un crecimiento económico más sólido, el efecto puede terminar siendo negativo para activos como el dólar y las acciones.

Qué mirar ahora en los mercados

El comportamiento de los Treasuries será una de las principales señales para determinar si la actual corrección es transitoria o si comienza una etapa prolongada de mayores costos de capital.

Los inversores seguirán de cerca la evolución del petróleo, los datos de inflación, las emisiones de deuda de Estados Unidos y las cuentas fiscales de las principales economías.

En el caso del oro, la zona de US$4.500 aparece como una resistencia relevante, mientras que una caída por debajo de US$4.200 podría abrir una etapa de consolidación.

Para América Latina, el desafío será absorber tasas internacionales más elevadas sin que el costo de refinanciar la deuda termine deteriorando todavía más las cuentas públicas.

La señal más importante es que el mercado ya no mira solamente cuánto crecerán las economías: también está evaluando quién financiará los déficits, a qué tasa y durante cuánto tiempo.

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